Marrakech

Marrakech La Ciudad Roja

La primera impresión que se recibe de Marrakech supera cualquier lectura, descripción apasionada o imagen vista en un folleto. Es difícil creer lo que ven nuestros ojos desde las ventanillas del avión: no es exactamente un oasis pero hay más de cien mil palmeras que se pierden en el horizonte; la tierra es roja, como lo son las murallas que rodean la medina. Por si todo ello fuera poco, las majestuosas cimas del Atlas, con alturas que superan los cuatro mil metros, vigilan atentas el devenir de esta gran capital del sur, puerta del desierto y primer centro turístico del reino de Marruecos.

Sus comienzos , sin embargo no pudieron ser menos alentadores. Cuando Abu Bekr en el S.XI, frente a un ejercito de bereberes, llegados del desierto, alcanza la llanura del Haouz, se encuentran con un lugar tan inhóspito que lo llama 'Marroukech' que significa vete deprisa. Su valor estratégico es tan grande que no tardan en convertirlo, a base de trabajo y constancia , en uno de los lugares más espléndidos que se puedan imaginar.

Para muchos el encanto de esta ciudad se resume en un atardecer a la sombra del minarete de la Koutoubia, la hermana mayor de la Giralda, observando el renovado espectáculo que ofrece la plaza Djemaa el Fna, al caer la tarde, cuando de forma natural y espontánea se van formando los corros alrededor de los contadores de historias, los malabaristas y los encantadores de serpientes.

Un paseo por los zocos :

La primera sensación que se tiene al adentrarse en la medina de Marrakech es la de haber realizado un viaje en el tiempo. De pronto se está rodeado de un ambiente medieval con un ritmo distinto y un continuo bombardeo de olores y sonidos embriagantes. No hay que tener nunca prisa para saborear el espectáculo que se nos ofrece y es aconsejable ir acompañado de un guía oficial para que la experiencia sea verdaderamente placentera al evitar que nos perdamos entre el laberinto de callejuelas y al mismo tiempo mantenga controlados los muchos vendedores ambulantes, guías improvisados y mendigos que atosigan permanentemente al turista.

Cada gremio de artesanos tiene reservada una parte de ese complejo territorio urbano y así se va pasando del zoco de los tintoreros cubierto por telas y lanas multicolores secándose al sol que dan un perpetuo aire festivo, al tenebroso mundo de los herreros, donde se dan los primeros pasos para realizar las magníficas obras de bronce y cobre que se pueden admirar en las tiendas. Tampoco hay que perderse el zoco de las babuchas, ni el de los joyeros, ni el de los ebanistas.

En la plaza Rheba Kedima, donde hasta principios de siglo se subastaban los esclavos que llegaban procedentes del Africa negra, ahora se situa el mercado de los kilim y tapices bereberes.

Mezquitas y palacios :

Ninguna mezquita es comparable con su minarete de más de 70 metros, a la de los Libreros, más conocida como la Koutoubia. Edificada por Yacoub Al Mansour en el S.XII es el modelo de arquitectura almohade que luego se repetiría en la torre Hassan de Rabat y en la Giralda de Sevilla. Después llama la atención la de la Kasbah, que aunque como la anterior no tiene permitida la entrada a los no musulmanes, vale la pena admirar la decoración de azulejos del minarete. Muy cerca de esta última se descubrieron en 1917 las tumbas de la dinastía Said, construidas por Ahmed el Mansour en el S.XVI. En su interior destaca la suntuosidad de la sala de las doce columnas, considerada como una de las obras maestras del arte hispano musulmán.

La medina está cuajada de lujosos palacios, testigos del espléndido pasado de la ciudad. Los hay de todas las épocas y muchos de ellos se pueden visitar al haber sido convertidos en museos. Así Daar Si Said, construido por un visir del sultán Moulay Hassan alberga el Museo de Arte Marroquí y el Palacio Bahia queda como el perfecto ejemplo de un palacio del S.XIX. Del Palacio Real sólo se pueden visitar los 'mechuar' o patios externos, donde el sultan solía recibir a embajadores y personajes ilustres.

Murallas y jardines :

Marrakech cuenta posiblemente con los jardines más bellos de Marruecos, la mayoría de ellos situados fuera del recinto amurallado. La mejor forma de conocerlos es utilizando un coche de caballos.

De camino a ellos vale la pena recorrer el perímetro de las murallas admirando sus magníficas puertas. La del Carnero sin Cuernos o Bab Aguenau es la que tiene la decoración más compleja aunque el trozo mejor conservado se encuentra en los aledaños de la puerta conocida como Bab Sidi Rharib.

Frente al Palacio Real se abre el jardín del Agdal, una enorme extensión , encerrada entre muros, donde se descubren estanques, restos de pabellones de recreo y un sinfín de arboles frutales. Fue creado por el sultan Abd el Moumen en el S.XII para celebrar grandes fiestas y desde él se contemplan las mejores vistas del Atlas.

El jardín de la Menara era originariamente un olivar privado de los sultanes pero ahora alrededor de su enorme estanque se pueden ver todo tipo de plantas tropicales y durante los fines de semana se convierte en uno de los lugares más populares de la ciudad.

El jardín favorito de muchos visitantes es sin embargo el de la antigua residencia del pintor Majorelle que hoy pertenece al diseñador Yves Saint Laurent. Palmeras, cocoteros y bugambillas rodean a un exquisito edificio color añil que alberga un museo de artes decorativas.

Paraíso de la artesanía :

Marrakech es una terrible tentación para todo amante de la artesanía y del arte de comprar. Se pueden encontrar tapices, cerámica, objetos de bronce y cobre, elaboradas joyas, prendas de cuero pero también bebedizos y pócimas para el mal de amores. En el zoco se sigue una sofisticada tradición del regateo, mientras se toma un té a la menta aunque para los que no tengan el tiempo ni la paciencia de puede comprar a precio fijo y en un plan mucho más aséptico en el Centro de Artesanía o en las tiendas del Gueliz o parte europea de la ciudad.